miércoles, 3 de septiembre de 2008

carol



Le han hecho un corrillo en la arena de la playa. Tiene el pelo rúbeo, que se agita, por el imparable revuelo, del mismo modo que un incensario de luces doradas. Ha perdido una chancla y la otra aparece varada igual que un cachalote en la sombra fría de la arena. Lleva un vestido rojo que compite con el faro, porque ella traza giros para hablar con unos y otros. Un grupo de muchachos toca el yembé y el cajón. El de la guitarra abrevia los vasos con mano penúltima. Las voces aflamencadas se cruzan en los corros como patios contiguos. Hacen palmas y ella va de grupo en grupo igual que si fuesen bases de beísbol: con la misma precipitación rueda, se mancha el vestido, que lleva inscrito un organigrama de bocas entornadas. Va fijando miradas como quien coge hilos en un centro y los tensa. Luego resume su cuerpo un instante en la tela de baño; pide un cigarro y se lo lanza a sí misma a los labios igual que el adiestrador de un escualo. Bebe con las comisuras y mezcla en el paladar sorbos robados. Hace reír y provoca, luego se aleja. Lanza besos aleatorios como avispas cruzadas. Se cae, se levanta, siente.

manuel el gitano



Lo observaba en la playa, bajo los chamizos de caña y tela, como un abuelo aceptado en el brasero de los yembés; o un joven en el kayak, de rodillas, remando hacia el continente de su edad. Fumaba como si masticara un tornillo de humo y el tono de la piel era de minio oscuro o de cuero. Jugaba con naturalidad con los más jóvenes; había una equivalencia de lenguaje. Una noche lo vimos en el Katerina: "Eres Manuel, ¿verdad?. ¿Puedo invitarte a algo?,¿qué quieres?" Su gesto de sorpresa vagabundeó un instante por su cara, para luego iluminarse el rostro con la secuencia del regreso del alumbrado tras un apagón: con una multiplicación discontinua. Y cuando cogió su cerveza, con la otra mano, cerrada, puso en mi mano una fracción de alquitrán, igual que un trueque imprevisto o una nobleza de hojas transeúntes. La última noche lo vi con la vara: "se la he doblado en la espalda y lo estoy esperando a que se duerma en su lugar de vigilancia, le voy a romper las costillas...","me ha cogido por la pechera y todo viene de aquel día. Mira, yo tengo también hijas de veinte años. Aquella noche, con la juerga y con el alcohol, acabó acorralando a la niña, que no quería nada con él, y estaba asustada". "Le dije que la dejara en paz, que se apartara de ella; él tó ciego, sólo pensaba en follársela; viene de entonces, sí". Manuel lleva un bañador de marinero encorvado, y sus piernas escuálidas están hinchadas de espuelas y anclas. Tiene la voz rota de quien sopla al túnel de sus pulmones un fuego empañado. Y se ríe hondo, como si un buque de cartón atracara en el puerto y con sus manos descosidas tendiera una pasarela hacia el filamento de las rocas.