
Le han hecho un corrillo en la arena de la playa. Tiene el pelo rúbeo, que se agita, por el imparable revuelo, del mismo modo que un incensario de luces doradas. Ha perdido una chancla y la otra aparece varada igual que un cachalote en la sombra fría de la arena. Lleva un vestido rojo que compite con el faro, porque ella traza giros para hablar con unos y otros. Un grupo de muchachos toca el yembé y el cajón. El de la guitarra abrevia los vasos con mano penúltima. Las voces aflamencadas se cruzan en los corros como patios contiguos. Hacen palmas y ella va de grupo en grupo igual que si fuesen bases de beísbol: con la misma precipitación rueda, se mancha el vestido, que lleva inscrito un organigrama de bocas entornadas. Va fijando miradas como quien coge hilos en un centro y los tensa. Luego resume su cuerpo un instante en la tela de baño; pide un cigarro y se lo lanza a sí misma a los labios igual que el adiestrador de un escualo. Bebe con las comisuras y mezcla en el paladar sorbos robados. Hace reír y provoca, luego se aleja. Lanza besos aleatorios como avispas cruzadas. Se cae, se levanta, siente.
