miércoles, 3 de septiembre de 2008

manuel el gitano



Lo observaba en la playa, bajo los chamizos de caña y tela, como un abuelo aceptado en el brasero de los yembés; o un joven en el kayak, de rodillas, remando hacia el continente de su edad. Fumaba como si masticara un tornillo de humo y el tono de la piel era de minio oscuro o de cuero. Jugaba con naturalidad con los más jóvenes; había una equivalencia de lenguaje. Una noche lo vimos en el Katerina: "Eres Manuel, ¿verdad?. ¿Puedo invitarte a algo?,¿qué quieres?" Su gesto de sorpresa vagabundeó un instante por su cara, para luego iluminarse el rostro con la secuencia del regreso del alumbrado tras un apagón: con una multiplicación discontinua. Y cuando cogió su cerveza, con la otra mano, cerrada, puso en mi mano una fracción de alquitrán, igual que un trueque imprevisto o una nobleza de hojas transeúntes. La última noche lo vi con la vara: "se la he doblado en la espalda y lo estoy esperando a que se duerma en su lugar de vigilancia, le voy a romper las costillas...","me ha cogido por la pechera y todo viene de aquel día. Mira, yo tengo también hijas de veinte años. Aquella noche, con la juerga y con el alcohol, acabó acorralando a la niña, que no quería nada con él, y estaba asustada". "Le dije que la dejara en paz, que se apartara de ella; él tó ciego, sólo pensaba en follársela; viene de entonces, sí". Manuel lleva un bañador de marinero encorvado, y sus piernas escuálidas están hinchadas de espuelas y anclas. Tiene la voz rota de quien sopla al túnel de sus pulmones un fuego empañado. Y se ríe hondo, como si un buque de cartón atracara en el puerto y con sus manos descosidas tendiera una pasarela hacia el filamento de las rocas.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Qué bien has dibujado a Manuel!