domingo, 31 de agosto de 2008

la mesa de billar de la cabaña



Llegamos por casualidad; un joven novelista, Daniel M., famoso en aquel momento, jugaba al billar reclinado sobre la mesa, con el cigarro tenso en los labios, igual que una punzada de humo. Nos enamoramos al instante del ojal sonoro como un embuste de bolas, de la estrechez de su espacio glauco, de la mesa conversa para truhán y baile. La lámpara traía una crin de haces verdes, como el birrete de un universitario. Dejaron la partida y Harg se subió luego, sobre el tapete desangrado de linimento y voces. Allí bailó durante una noche inmensa, que duró varios veranos. Antes, jugábamos con Rubén a correr alrededor de la mesa para evitar sus pellizcos de deseo desde la vitrocerámica de su ministerio y sombra. Harg paseó por el tapete como quien busca en el subway la salida del tornillo de la aurora; su pasarela hermosa se cargaba de gritos sordos y de gestos bimembres, y de un giro brusco de su pelo, como si un ramillete de algas se estrellara en su mejilla. Más tarde llegaron las chicas, empeñadas hasta el alba en colirios y besos. Se cortó buscando la sal amarga sobre la cubierta, con su tapete de estrellas, y el añico de un vaso minúsculo hizo en su dedo una púa de sangre lanzada como una serpentina a nuestro pecho; y la amé desde esa noche, durante un tiempo que se hizo breve, con el samur, con la caballería montada, con los carabinnieri, con el cambio de guardia y con los bomberos de Nueva York. Harg seguía subido al tapete como al leño de un naufragio y lanzaba gruñidos cual las ondas sonoras de un delfín, que agitaban nuestras copas igual que una marea extrema. Y nos unimos con nuestros poderosos remos al tapete, mientras Harg nos repartía instrucciones con besos postales en los labios. Nunca nadie escatimó ese pódium, que dejábamos ocupar por turnos como un equipo olímpico de relevos. A veces, alguien se empeñaba en jugar a la intemperie con combas entre las cañas, que quedaban enredadas a la manera de un amante, pero volvían con un canto amainado por el nuestro, potente como la llamarada interior de un zepelín. Orgos ocupaba entretanto su trono de bucanero pícaro, platicando con su gorro agujereado de ósculos, con su fibroso vaivén, con su enseñanza. Aquel novelista dejó sobre la bola negra su cigarro y lo fumamos todos durante años, con la ansiedad de un corro de colegio, con la vitrina donde dejar secar los corazones. Y aquella mesa- impulsada por todos- navegó fuera de la cabaña de una estación a otra, de un amor a otro, de una pérdida a un deseo.


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adiós, Altos

sábado, 30 de agosto de 2008

Íñigo



The first of the gang to die
. Morrisey
. Lo recuerdo paseando por la playa tardía con su perro, igual que un lord byron silencioso, u observándonos desde el estrado del chamizo, con una chispa socarrona en su mirada. "Era el mejor de todos nosotros". Interrumpo un momento su trama de memoria: "Siempre lo vi con un gesto elegante, entre irónico y escéptico; era inteligente y siempre se portó muy bien con nosotros". "El de mejor corazón"- añade- "y el más controlado", "se enamoró de nuevo, de esa mujer, y cuando lo dejó... ¡si me encuentro a ese tío!...se fue a buscarlo a su casa y le volvió a dar aquello. Se lo llevó en dos semanas. Lo echo mucho de menos."

Harg


Se despide hasta un nuevo encuentro, de los muchos diarios, en la calle marítima: "No te pierdas, niño"; "Ya estoy perdido, Harg, ahora sólo puedo reencontrarme"; "Pero, ¿dónde estás mejor que aquí?" Tiene razón en la secuencia, y me llena las manos con un puñado de sentido antes de irse. Su corazón es igual que una flauta ligera. Harg es un filósofo breve. Como una ampolla en que se quiebra uno de sus lados: se bebe y repone de inmediato; hay que esperar su nueva dosis, sin embargo. Tiene corpachón de forzudo de circo, más delgado ahora, tras los años, greña y barba de un zeus carismático. Le doy dos besos con el gesto de quien acampa en el Olimpo. "Con los días que llevas ya, ¿por qué corres?" "Es que no llego a ver el atardecer desde la carpa","Ah, esa prisa de Madrid...". Ha ganado un segmento de elegancia: en las camisas que ciñen sus hombros, con el bullicio del torso entrevisto. Y una manera contenida en los gestos, tan lejanos de aquella pasarela en la mesa de billares y barras, domeñada ahora por el recuerdo de catéteres. Nos llevó hace tres años al aeropuerto, con el respeto a nuestro mundo homologado en la camiseta negra; nos giramos y al salir del edificio, sorprendimos, de espaldas a nosotros, su gesto del libertad: con las manos cruzadas se desvestía como quien se desprende de un traje de buzo, con una gomosidad despojada al fin. Poseidón volviendo al mar abandonado un instante. Hablamos una noche con calma de nosotros, de las tres Selenas, de los personajes singulares de los tiempos pasados: "Érais escuelas distintas, en un momento en que los cuatro buscábamos nuestra identidad disconforme". "Yo sólo sé la suerte de abrir los ojos y ver la luz del día". Sé que no es posible implantar en las noches sucesivas un nuevo encuentro. Desaparece o su misterio no conviene apurarlo. Ya en confidencia: " Pero de las tres, era Selena -tu amiga- la que más me gustaba". Al final de la noche se aposta en una ladera y declina, con un reguero de corazón.

viernes, 29 de agosto de 2008

la respiración honda

misa

"Aquí no había nada entonces, más que el cuartel, el bar El Palma y los primeros apartamentos". "¿No existía la discoteca?". "No, todo empezó con el mejicano. En el jardín de su mansión se daba la misa" "¿en pleno agosto?". "Sí, subíamos de la playa y mi padre me obligaba a taparme los hombros con una toalla". Hace una pausa, porque fuma negro y los aros de humo ralentizan el discurso. Le compro un paquete, igual que quien echa en un juke-box monedas para que siga la música. Tiene el cuerpo aún de niña, y mientras lo dice, revive la niña aquélla con la toalla pesada de arena y sueño. "No comulgaba, porque, para eso, había que confesarse en el pueblo cercano." Con el calor, se le clavaban los tirantes de la rebeldía: "me quitaba la toalla, y mi padre me castigaba sin salir". Relata con nostalgia las visitas a la casa de los primos: "Mi prima sacaba un dedo por la celosía, cuando iba; eso indicaba que mi tío estaba de mal humor y que no admitía visitas de nadie". Pertenece a los que tuvieron siempre y, para ellos, todo cambio es un infortunio. Antes, se quedó sola hablando conmigo como quien lucha en un ring contra la cuerdas de la infancia. Me cuenta luego que tiene un código de hermanas menores, que la protegen con un signo cuando se acercan demasiado o se activan las insistencias. Esta vez no ha lanzado señal alguna, y tras el tráfago de hermanos, sobrinos y amigos, que pueblan la arena con el aleteo de una colmena reciente, nos quedamos solos y viajamos por ese mar de los dos, tan distinto. El suyo acaba donde comienza el mío, y sus aguas se mezclan un instante con una calidez expectante de memoria superpuesta. Le obligo a pasar la frontera de su historia, de su reprimida secuencia. Y camina a tientas, como en sombras chinescas hacia el olvido. Hay un miedo derivado en mis palabras, igual que el sacerdocio estival sacudía su pose púber con el rito. Camina lento, porque no quiere llegar. Su vestido es sencillo, porque viene de la playa. Y le quito lentamente la toalla de los hombros y comulgamos, ambos sin rumbo.

baño


Las olas consumían la playa y su lugar era el único refugio que quedaba. "Me vengo contigo", "Perfecto, sola me da vergüenza desnudarme", dice en un baño confuso, marcado de algas y estallidos de espuma. Al tiempo, se acerca, mientras suelta las dos piezas del bikini con la manera en que en la poda de una palmera caen sus ramas; las exprime un segundo antes de lanzarlas a la roca, más cercana luego, y ese agua brevísima viene en contraste con el potente albedrío del mar golpeando, igual que una artillería recia, sobre los espacios secos. En su cuerpo se divisa la marca leve de un sol renunciado. Y se hunde en el mar a la carrera, mientras instalo la bolsa de la librería maría zambrano con meticulosa parsimonia para mantener su equilibrio. Y el mío, que lucho con chancla indecisa. O el de ella, que rota sobre las piedras sumergidas como quien pasa descalzo un rito de fuego. Nos bañamos juntos y unimos un molde de nuestros cuerpos en el agua haciendo el muerto. Aniñamos nuestras brazadas y, con ello, también nuestra desnudez unánime: nuestras ingles son retrovisores por las miradas curvas igual que un parpadeo. Y su cuerpo se estira luego en la roca, como quien saca un muestrario de pareos tersos. Está delgada con el estupor de lo ambiguo. Pareciera que tensáramos entre los dos un arco, porque, en mi roca sucedánea, yo también vuelco hacia atrás la espalda, para aprovechar un sol meridiano; así impido que la fusta de olas alcance la carne. Me habla desde su enclave sucinto y esa intimidad de palabras actúa como cordeles de un patio en el que trasládaramos pinzas de uno a otro lado: los turnos de habla funcionan y su piel trae el reporte de actividad de un fax sin prisa. Se seca con un cartucho de sol. "¿Eres lesbiana?", "Ahora ya no". Se viste y se va. En mi bolsa, alcanzada por un brote de mar, flota un pedazo de arena húmeda.