viernes, 29 de agosto de 2008

misa

"Aquí no había nada entonces, más que el cuartel, el bar El Palma y los primeros apartamentos". "¿No existía la discoteca?". "No, todo empezó con el mejicano. En el jardín de su mansión se daba la misa" "¿en pleno agosto?". "Sí, subíamos de la playa y mi padre me obligaba a taparme los hombros con una toalla". Hace una pausa, porque fuma negro y los aros de humo ralentizan el discurso. Le compro un paquete, igual que quien echa en un juke-box monedas para que siga la música. Tiene el cuerpo aún de niña, y mientras lo dice, revive la niña aquélla con la toalla pesada de arena y sueño. "No comulgaba, porque, para eso, había que confesarse en el pueblo cercano." Con el calor, se le clavaban los tirantes de la rebeldía: "me quitaba la toalla, y mi padre me castigaba sin salir". Relata con nostalgia las visitas a la casa de los primos: "Mi prima sacaba un dedo por la celosía, cuando iba; eso indicaba que mi tío estaba de mal humor y que no admitía visitas de nadie". Pertenece a los que tuvieron siempre y, para ellos, todo cambio es un infortunio. Antes, se quedó sola hablando conmigo como quien lucha en un ring contra la cuerdas de la infancia. Me cuenta luego que tiene un código de hermanas menores, que la protegen con un signo cuando se acercan demasiado o se activan las insistencias. Esta vez no ha lanzado señal alguna, y tras el tráfago de hermanos, sobrinos y amigos, que pueblan la arena con el aleteo de una colmena reciente, nos quedamos solos y viajamos por ese mar de los dos, tan distinto. El suyo acaba donde comienza el mío, y sus aguas se mezclan un instante con una calidez expectante de memoria superpuesta. Le obligo a pasar la frontera de su historia, de su reprimida secuencia. Y camina a tientas, como en sombras chinescas hacia el olvido. Hay un miedo derivado en mis palabras, igual que el sacerdocio estival sacudía su pose púber con el rito. Camina lento, porque no quiere llegar. Su vestido es sencillo, porque viene de la playa. Y le quito lentamente la toalla de los hombros y comulgamos, ambos sin rumbo.

No hay comentarios: