sábado, 30 de agosto de 2008

Harg


Se despide hasta un nuevo encuentro, de los muchos diarios, en la calle marítima: "No te pierdas, niño"; "Ya estoy perdido, Harg, ahora sólo puedo reencontrarme"; "Pero, ¿dónde estás mejor que aquí?" Tiene razón en la secuencia, y me llena las manos con un puñado de sentido antes de irse. Su corazón es igual que una flauta ligera. Harg es un filósofo breve. Como una ampolla en que se quiebra uno de sus lados: se bebe y repone de inmediato; hay que esperar su nueva dosis, sin embargo. Tiene corpachón de forzudo de circo, más delgado ahora, tras los años, greña y barba de un zeus carismático. Le doy dos besos con el gesto de quien acampa en el Olimpo. "Con los días que llevas ya, ¿por qué corres?" "Es que no llego a ver el atardecer desde la carpa","Ah, esa prisa de Madrid...". Ha ganado un segmento de elegancia: en las camisas que ciñen sus hombros, con el bullicio del torso entrevisto. Y una manera contenida en los gestos, tan lejanos de aquella pasarela en la mesa de billares y barras, domeñada ahora por el recuerdo de catéteres. Nos llevó hace tres años al aeropuerto, con el respeto a nuestro mundo homologado en la camiseta negra; nos giramos y al salir del edificio, sorprendimos, de espaldas a nosotros, su gesto del libertad: con las manos cruzadas se desvestía como quien se desprende de un traje de buzo, con una gomosidad despojada al fin. Poseidón volviendo al mar abandonado un instante. Hablamos una noche con calma de nosotros, de las tres Selenas, de los personajes singulares de los tiempos pasados: "Érais escuelas distintas, en un momento en que los cuatro buscábamos nuestra identidad disconforme". "Yo sólo sé la suerte de abrir los ojos y ver la luz del día". Sé que no es posible implantar en las noches sucesivas un nuevo encuentro. Desaparece o su misterio no conviene apurarlo. Ya en confidencia: " Pero de las tres, era Selena -tu amiga- la que más me gustaba". Al final de la noche se aposta en una ladera y declina, con un reguero de corazón.

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