viernes, 29 de agosto de 2008

baño


Las olas consumían la playa y su lugar era el único refugio que quedaba. "Me vengo contigo", "Perfecto, sola me da vergüenza desnudarme", dice en un baño confuso, marcado de algas y estallidos de espuma. Al tiempo, se acerca, mientras suelta las dos piezas del bikini con la manera en que en la poda de una palmera caen sus ramas; las exprime un segundo antes de lanzarlas a la roca, más cercana luego, y ese agua brevísima viene en contraste con el potente albedrío del mar golpeando, igual que una artillería recia, sobre los espacios secos. En su cuerpo se divisa la marca leve de un sol renunciado. Y se hunde en el mar a la carrera, mientras instalo la bolsa de la librería maría zambrano con meticulosa parsimonia para mantener su equilibrio. Y el mío, que lucho con chancla indecisa. O el de ella, que rota sobre las piedras sumergidas como quien pasa descalzo un rito de fuego. Nos bañamos juntos y unimos un molde de nuestros cuerpos en el agua haciendo el muerto. Aniñamos nuestras brazadas y, con ello, también nuestra desnudez unánime: nuestras ingles son retrovisores por las miradas curvas igual que un parpadeo. Y su cuerpo se estira luego en la roca, como quien saca un muestrario de pareos tersos. Está delgada con el estupor de lo ambiguo. Pareciera que tensáramos entre los dos un arco, porque, en mi roca sucedánea, yo también vuelco hacia atrás la espalda, para aprovechar un sol meridiano; así impido que la fusta de olas alcance la carne. Me habla desde su enclave sucinto y esa intimidad de palabras actúa como cordeles de un patio en el que trasládaramos pinzas de uno a otro lado: los turnos de habla funcionan y su piel trae el reporte de actividad de un fax sin prisa. Se seca con un cartucho de sol. "¿Eres lesbiana?", "Ahora ya no". Se viste y se va. En mi bolsa, alcanzada por un brote de mar, flota un pedazo de arena húmeda.

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